4 de febrero

Solo espero que en un futuro,

cuando mis hijos me pregunten por ti,

pueda contarles que hubo un día en que no conocí familia

a la que no le hubieras arrebatado a alguien

o que, al menos, no hubiera tenido que luchar contra ti;

pero que ya no.

Les hablaré de que nunca discriminaste a nadie

e hiciste todo el daño posible

sin importarte edad, sexo, color o ideología;

de que detrás de un elevado número de porcentajes y cifras,

se escondía el nudo en la garganta al pronunciar tu nombre.

No les hablaré de metástasis, de quimioterapia, de cuidados paliativos,

porque esas no son cosas que se les deba contar a los niños.

Les hablaré de rosas que se marchitan en jarrones llenos de agua,

de frutos que se pudren en bandejas de plata,

de llamas que luchan por alumbrar tanto como resista su mecha.

Les hablaré de lágrimas que amenazan en el vértice de un ojo,

de diques que se esfuerzan por mantener cerradas sus compuertas,

de abrazos que se dan cuando ni siquiera quedan fuerzas.

Pero también les hablaré de todas las batallas ganadas,

de la gente que día a día sigue, incansable, peleando;

de que si un 4 de febrero miras hacia otro lado,

es que no tienes corazón.

Ese día,

les hablaré de que cada vez estamos más cerca;

de que el sufrimiento de muchos

por fin habrá merecido la pena.

Ese día,

les hablaré de salas de espera;

pero sobretodo,

de esperanza y fuerza.

Secuela XVIII

No hace falta ser un genio para saber

que tenías síndrome de lámpara maravillosa,

que con un simple roce de piel

podías cumplir cualquier deseo;

pero tampoco hacía falta serlo

para presagiar que los sueños suelen volverse contra sus dueños,

que solo había trampa y cartón en todo aquello.

Diría que no te culpo

pero me mancharía la boca con mentiras

como las que tú mismo has escondido;

ya no hay lugar para el rencor,

hasta él se ha cansado de este juego agotado y consumido.

Y aunque ni siquiera ya me importe,

aunque haga tiempo que no me quite el sueño;

solo espero que algún día mirándote al espejo,

al menos contigo seas sincero

y reconozcas

que en cualquier universo paralelo

-aquel en el que no te hubieras cagado de miedo-

habría salido bien.

Si todavía no te has ido,

no sé a que esperas para marcharte;

pero, por favor, cierra la puerta

y no hagas ruido al salir;

que me he cansado de perder la cuenta

con tus idas y venidas,

que hemos repetido tantas veces la escena,

que podría recitar de memoria

las palabras que pronuncias en cada una de tus despedidas.

No te preocupes por mí,

estoy más que bien;

por fin me están pasando cosas buenas.

Gracias a ti aprendí

que el mayor desprecio es no hacer aprecio

y el mayor insulto,

que no te quieran.

Y, aunque sinceramente lo dudo,

si ahora sientes pena,

vete a ahogarla con cualquiera;

que ya está,

se acabó.

Aquí tienes tú último poema.

Secuela X

Cuando se me atrincheran los recuerdos,

cuando no consigo distinguir el color de tus ojos
entre los de la gente;

recurro a la copia de seguridad de las 04:37,

recorro el trayecto de tu clavícula en mi mente.

Descubro que 19 días y 500 noches era solo un número estimativo;

que puede que dure menos,

que puede que dure más,

que probablemente duela.

Te faltarían kilómetros entre nosotros para contar

las veces que a  lo largo del día

te he sentido conmigo;

las veces que me he preguntado

cómo es posible que estés ahora tan lejos:

que has estado

tan cerca,

tan fuerte,

tan dentro.

Es entonces cuando evoco el preciso instante

en el que me pediste que te escribiera poemas;

y reconozco que siempre supe que lo haría

cuando tú ya no estuvieras.

Secuela XVII

Después de recorrernos

de norte a sur, de este a oeste

sin límite, ni frontera, ni aduana.

Después de acabar con la errónea idea

de que tras el cierre de la puerta se abre una ventana,

de un portazo y bajando la persiana.

Después de predecir la catástrofe,

abrazar al Vesubio

y contemplar Pompeya en ruinas.

Después de soportar el chaparrón

y dejar que nos empapase

hasta que se nos inflamaron las anginas.

Después de gritarte “adiós”,

pero susurrar al cuello de mi camisa:

“Quédate, no te vayas todavía.”

Después de dejarlo morir un viernes,

velarlo durante el sábado

para siempre hacerlo resucitar al tercer día.

Después de limpiar la sangre,

sacarnos el título de primeros auxilios,

arrancarle la costra a la herida.

Después de los mensajes a deshoras,

la voz del contestador,

de dar la llamada completamente por perdida.

Después de todo esto,

si  me dieran a elegir,

por fin sé con qué me quedaría.

Y es que entre

el insomnio y el sueño,

el olvido y el recuerdo;

lo más bonito:

Los silencios.

Todo aquello que no nos dijimos.

 

Secuela XV

Finalmente he comprendido

que siempre fuimos crónica de una muerte anunciada;

y que a veces,

alargar lo inevitable

no es sino pagar el dolor a cómodos plazos

pero con intereses aún más elevados.

Y lo he entendido ahora que tengo

 la suerte

en números rojos,

el corazón,

en bancarrota,

y la ilusión

sin presupuesto.

Ahora que ya no me queda suelto,

pero me niego a aceptar tus limosnas.

Quizás,

haya llegado el momento de admitir

que puede que tengas razón,

que no está la vida como para gastos innecesarios.

Y yo ya he colgado el “cerrado por derribo”

en mi infinita lista de daños.

Y ahora solo me queda decirte

que te juro que podría llenar con poemas

nuestros propios epitafios;

pero que esta vez,

no me voy a quedar a ver

mi nombre

aparecer en la esquela.

Y está lloviendo.

Se aproximan precipitaciones

dijeron hoy en el telediario;

y por entonces no sabíamos

que no era de lluvia de lo que hablaban

sino de nosotros precipitándonos,

        de la estúpida forma en la que elegiríamos arrojarnos al vacío.

De nuestra triste carrera

entre el nunca y el quizás

entre el miedo y las ganas.

De como no volveríamos a ser nubes

-por mucho que con otros nos condensáramos-

como aquella noche

lo fuimos en tu cama.

Secuela XI: Gélido

¿Qué sabrás tú del frío

si no has estado en mis venas?

No tienes ni idea

de qué significa helarse,

de lo que es sentir

un escalofrío

cada vez que despierto

y no estás.

Aparte de con mi calor,

te puedes quedar también

con todos los recuerdos,

que yo ya no los quiero.

¿Para qué?

Si me has tachado

abril

del calendario.

Y me has dejado

tiritando

por dentro.